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DEBATE (el mito del egoísmo individualista)
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05/01/2008
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LA COMPETENCIA CONVIERTE EL EGOÍSMO EN
SOLIDARIDAD / BOLIVIA: RADIOGRAFÍA DEL CONFLICTO |
Tito Pedro Reynaga / Rafael Bautista |
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1.
Para Rafael
Bautista, el individualismo viene a ser en esta su larga
argumentación (BOLIVIA:
RADIOGRAFÍA DEL CONFLICTO, que recibimos por email)
un
criterio que descalifica la organización capitalista de la
economía, atribuyéndole todo género de males:
“Porque es una forma de vida que se sostiene
precisamente en el "no dar". Individualismo hecho credo, falsa
vinculación que no une, sino que excluye: Compito ergo existo; o
sea: Yo soy si tú No eres; es decir: Yo vivo si tú No vives.
Entonces se entiende que este individuo (el individualismo hecho
razón de vida de una sociedad que se mueve en torno al afán de
riqueza) vea en los derechos de los demás un atentado a sus
derechos. El "no dar" constituye su seguridad; es decir, su
desarrollo consiste en el no desarrollo del resto:”
Ciertamente Bautista no ha entendido nunca lo que
es una economía de mercado –o no ha leído o no ha comprendido lo
leído--. Pero valga la oportunidad para explicarle, que en una
economía fundada en el mercado la, tan repudiada, competencia es
precisamente el factor que lleva, sin pretenderlo, al egoísmo
individual ha servir los intereses de la comunidad. Esto explica
la afirmación: “No
es por la benevolencia del carnicero, del cervecero y del
panadero que podemos contar con nuestra cena, sino por su propio
interés.”
de Adam Smith.
Veamos. Cuando un panadero cargado del egoísta
afán de lucro lleva sus panes al mercado, va con la ilusión
–explícita o no— de vender su producto al mayor precio que
pudiera desear, así su ganancia podrá igualmente ser enorme y su
ambición satisfecha. Pero, sucede que al mercado concurren
también otros panaderos, con el mismo egoísta afán. Donde, se
ven obligados a competir por ganarse el “favor” de los
demandantes de pan y así vender su producto. En este propósito
cuenta la calidad del producto ante los ojos de los demandantes,
como el precio del producto sometido al criterio de los mismos.
Los que habrán de preferir, salvo situaciones absurdas, el
producto de mejor calidad y/o de menor precio. Preferencia, que
presiona a los panaderos a mejorar la calidad de su producto y a
ofrecerlo en el menor precio posible. Y, sólo en la medida en
que los panaderos cumplan estas condiciones podrán vender sus
productos. De esto resulta que el mercado tiende a tener una
oferta de pan de aceptable calidad y a precio también aceptable
al gusto y economía de la demanda.
Así, el egoísmo individualista se ha trocado en
beneficio de la comunidad. A la larga, por la competencia, los
panaderos --y los productores en general-- irán mejorando la
calidad de su producto y bajando sus costos de producción.
Afanes que se cumplen mayormente por el desarrollo de la
tecnología y la mejor administración, que suelen sumarse a las
presiones por aumentar el rendimiento de los obreros sin por
ello incrementar los salarios, que pesan también en los costos
de producción.
Es esta lógica de egoísmo sometida a competencia,
por el mercado, la que explica el enorme desarrollo de la
economía bajo el sistema capitalista. Es, esto, lo que ha hecho
la grandeza de europeos, Norteamericanos, “tigres asiáticos”,
etc., como lo está haciendo ahora en la China y la India. Esto
es, aprovechar socialmente la ambición individualista
sometiéndola al mercado.
y, ha sido la represión del egoísmo
individualista y de la competencia mercantil, lo que ha
provocado el fracaso final del sistema socialista o comunista. A
pesar de esfuerzo de su aparato educativo por formar
personalidades solidarias como productivas.
De modo parecido, la pobreza, el atraso y la
injusticia social en Bolivia se deben a la escasa presencia del
mercado en la actividad económica, las distorsiones que sufre
por la intervención del estado –fijando precios, manipulando
impuestos y administrando empresas estatales, desde 1952 en
forma dominante-- y la supervivencia de formas de organización
económica precapitalistas en grandes sectores de la economía.
Pero, es más, no es de la voluntad de las
autoridades del país que podemos conseguir precios aceptables de
los productos y servicios que demandamos, sino de la competencia
de sus ofertantes en el mercado. Entre otras cosas, lo
demuestra el hecho de que las tarifas negociadas entre los
sindicatos de transportistas y el gobierno terminan siendo
rechazadas por el pueblo y rebasadas por la competencia que
determina tarifas menores. Basta abrir los ojos para ver esta
realidad cotidiana en nuestro medio, como en cualquer parte del
mundo donde rige el mercado.
No es pecado ser ciego, pero si, el cerrar
los ojos a la realidad y la ciencia.
Es en el mercado, en la relación de compraventa,
que las personas reconocen implícitamente su mutua humanidad y
derechos, respetando la opinión y decisión del otro. La decisión
de comprar es libre como la de vender. Y, en la medida en que
esto se cumpla la economía podrá desarrollar y las necesidades
de las gentes ser satisfechas. Esto es lo que ha venido
sucediendo en los países enriquecidos del mundo. Esa es la
realidad.
2.
El miserable racismo, que se ha hecho cultura contra nuestro
pueblo, desde el tiempo de la Colonia, así como la pobreza en la
que vive nuestra gente no podrán ser superadas sino es por medio
de una moderna economía de mercado. Y no, por la bondad de
nuestros gobernantes, sean de izquierda o derecha –diferencias
que para nuestro país vienen a ser irrelevantes, por su común
conducta depredadora de los recursos del estado--. De ser esto
posible, ya lo hubieran hecho los varios e infaltables partidos
y gobiernos revolucionarios de izquierda: empezando por el MNR,
la UDP, el MIR, CODEPA o el MAS.
Prueba de esto son los resultados de las economías capitalistas
desarrolladas, donde la pobreza sólo afecta a pequeñas minorías
y donde las diferencias de ingresos son menores que en países
atrasados como el nuestro. A Bautista le sería útil leer el
artículo de Johan Norberg: CÓMO LA GLOBALIZACIÓN CONQUISTA LA
POBREZA (www.tiemposdecambio21.com, Nº 18, Dic. 2007)
En el mercado
la persona tiene ocasión de hacer valer su punto de vista e
intereses de manera personal y directa, no así en la política,
donde depositando su confianza en sus representantes para que
gobiernen da ocasión a que éstos suplanten sus intereses.
Problema frecuente en las democracias del mundo y mucho más en
nuestro país.
Ni a
compradores ni a vendedores, por lo general, les interesa la
raza ni la religión o cultura de quién les compra o vende al
precio que les parece aceptable. Es, de ahí que emerge el efecto
civilizador y comunitario del mercado. Y, aunque parezca
contradictorio, al estar precisamente fundado en el egoísmo.
3.
El discurso
populista de estos tiempos quiere mostrar los afanes del
gobierno de Evo Morales como algo distinto y ajeno al socialismo
marxista –aunque el mismo Evo Morales ha llegado a sostener su
fe en la victoria del socialismo frente al capitalismo (www.tiemposdecambio21.com,
Nº 18, Dic. 2007)--. De ahí la insistencia en mostrar rótulos
comunitarios, originarios indígenas, humanistas y hasta de
economía mixta. Cuando en los hechos, lo que define el proceso
del “cambio” revolucionario del masismo bolivariano es la
intención de reivindicar el viejo y ya superado socialismo
marxista. Y, Bautista, sin querer queriendo, lo confirma:
“(parafraseando a Marx) globalizar todo socavando las dos únicas
fuentes de riqueza: el trabajo humano y la naturaleza (por eso
condena a la miseria al 80% del planeta y anula, explotando
irracionalmente, la capacidad reproductiva de la naturaleza).”
Pobres
continúan siendo los pueblos que viven todavía bajo “modos de
producción” precapitalistas. Incluidos los llamados socialistas,
como Cuba o Corea del Norte. Y, hasta Viet Nam, que sin embargo,
en la medida en que va avanzando hacia formas de organización
capitalista va superando la pobreza. Lo mismo que la China. Si
esto no es real, ¿qué es la realidad?
Usted, Rafael,
debería meditar en estas cosas, si es que sus obligaciones con
el régimen aún se lo permiten.
4.
La militancia
en el bando protestante del cristianismo se le sale a Bautista,
y pone en evidencia sus rencores eclesiales. Arremete contra la
iglesia católica y le atribuye desaciertos y pecados notables
--que mayormente parecen ciertos--. Pero, la actitud es la de
quien está viendo la paja en ojo ajeno, sin ver la viga en el
propio.
Las jerarquías
de las iglesias cristianas se han comprometido con el populismo
marxista desde la década de los años sesenta del siglo pasado, a
título de cambio y defensa de los pobres. Ambas, católica y
protestante, son cómplices y promotores de la hegemonía de la
ideología populista y sus consecuencias de atraso y pobreza para
el país --a través de sus centenares de ONGs--, al impedir que
la población desarrolle una visión correcta de su realidad e
intereses para encaminarse hacia un maduro ejercicio de su
soberanía como pueblo, evitando la manipulación partidaria.
Bueno sería
que Bautista evalúe la miserable condición de represión en la
que sobrevive el cristianismo en Cuba, Corea del Norte, etc.
bajo la hegemonía de la ideología marxista.
Rafael,
hacerse el tuerto también es pecado.
"Y Dios se hizo ser humano" quiere decir: todo ser humano es
sagrado y todo acto de opresión es pecado. Si "la esclavitud de
los hombres, es la gran pena del mundo", como dice José Martí,
es porque, si de pecado hablamos, ese es el pecado estructural
que cargamos.”
5.
Las
nacionalizaciones, en la tradición boliviana bajo gobiernos de
derecha e izquierda, militares y civiles, han servido más para
el enriquecimiento de los políticos en el poder que para sacar
de la pobreza, el atraso y la ignorancia a nuestra gente.
Problema bastante común en toda la América heredera de la
colonia española. Las nacionalizaciones no han sido factor de
desarrollo sino de atraso. ¿Qué país del mundo ha avanzado hacia
el desarrollo sobre la base de las empresas estatales? Ningún
bono, podrá sacar de la pobreza al pueblo boliviano.
La vía natural
para mejorar la vida de ancianos y niños no está en dejar al
estado esta responsabilidad. Para eso están las familias cuyas
personas en edad de trabajar bien podrán sostener y cobijar a
unos y otros adecuadamente si cuentan con un aceptable empleo.
La limosna parcha pero no soluciona.
Rafael Bautista está evidentemente confundido. Como se ha visto,
sus tesis básicas no corresponden a la realidad. Su defensa del
gobierno de Morales no es sostenible.
BOLIVIA: RADIOGRAFÍA DEL
CONFLICTO
Por Rafael Bautista S.
"Para el gobierno el conflicto era inevitable. Cometió muchos
errores, pero el hecho de haber asumido el conflicto, constituye
su
grandeza". Así expresaba Franz Hinkelammert refiriéndose al
gobierno
de la Unidad Popular, cuando el golpe de Estado, orquestado por
la
CIA, destruía la democracia y el Estado de derecho y, en nombre
de
ellos, instauraba un régimen de terror (que fue el adoptado en
nuestro país para destruir el Estado e imponer, vía "vuelta a la
democracia", un modelo pensado para "desarrollar" nuestro
subdesarrollo) . La "operación quirúrgica": "cortar de raíz el
cáncer
del comunismo", consistía en "extirpar" todo proyecto de
liberación,
a sangre y fuego, para reordenar nuestras sociedades en torno
al "american way of life"; de modo que, sin necesidad de
intervenirnos después, seamos nosotros mismos quienes realicemos
los
deseos de los gringos, del modo más eficiente posible. Para
Allende
y la Unidad Popular el conflicto era inevitable. Si no lo
asumía,
probablemente habría sobrevivido a su periodo de gobierno, pero
al
precio de haber renunciado a transformar su propio país: la
redistribució n de la riqueza significaba tocar los intereses de
la
burguesía (que ve en eso un atentado a su vida, cuando en
realidad
no es más que un recorte a sus excesivos apetitos). Se habría
esterilizado a sí mismo en el reformismo y habría quedado en la
anécdota como otro gobierno más que prometió lo que no supo
cumplir.
Al asumir el conflicto (que representa cumplir lo prometido),
arriesgó su propia muerte; pero al hacerlo entró en la historia
de
liberación de nuestros pueblos y se quedó como referente
inevitable
de todo proceso de liberación. Es decir, no murió. Porque la
experiencia del socialismo democrático de Allende es lo que vive
a
través del asesinato de un pueblo valiente que, en su memoria,
resucita la esperanza de nuestros pueblos de construir una
patria
más justa y digna. Una posibilidad que nunca ha desmayado,
porque es
una utopía que nunca ha fracasado. Sino siempre intentaron
destruirla; como ahora intentan en Bolivia.
El caso boliviano pasa por los mismos riesgos. Recomponer un
país
destruido por la injerencia externa, producir relaciones
económicas
y políticas más justas y dignas, pasaba necesariamente por
afectar a
los beneficiarios de la exclusión y la miseria crónica de
nuestro
pueblo. El conflicto se hizo inevitable y el asumirlo estableció
la
diferencia entre quién miente y quién dice la verdad. Si siempre
se
promete pan al pueblo pero nunca se lo cumple, entonces eso
demuestra que ese acto simple no es nada simple; asegurar el pan
para todos es remover toda una forma de vida que se sujeta no
sólo
en instituciones objetivas sino hasta en la propia conciencia
social, es decir, en la subjetividad de esta sociedad. Porque es
una
forma de vida que se sostiene precisamente en el "no dar".
Individualismo hecho credo, falsa vinculación que no une, sino
que
excluye: Compito ergo existo; o sea: Yo soy si tú No eres; es
decir:
Yo vivo si tú No vives. Entonces se entiende que este individuo
(el
individualismo hecho razón de vida de una sociedad que se mueve
en
torno al afán de riqueza) vea en los derechos de los demás un
atentado a sus derechos. El "no dar" constituye su seguridad; es
decir, su desarrollo consiste en el no desarrollo del resto:
excluyendo y sometiendo al resto es como goza de los beneficios
que
reclama para ser lo que quiere ser. Esto es lo que también
constituye su condición colonial. Porque redistribuir los
ingresos y
las oportunidades es tanto como destapar la ignorancia y la
incapacidad de las elites oligárquicas; más aun, es descubrir su
postizo y hueco rol dirigencial. Es desmontar la mentira y
descubrir
la verdad.
Desde un enfoque más bien ecuánime se podría decir: este
gobierno
sólo ha estado cumpliendo todo lo que los gobiernos anteriores
han
prometido, pero nunca tuvieron la voluntad de cumplir (prométele
todo al pueblo, pero guay de que le cumplas algo). Porque
cumplir
significa hurgar la mugre, y es mejor no tocar la mugre porque
así
se destapa todo. Por eso la oligarquía ofrece todo, porque así
hace
política: tapa bocas con promesas que se lleva el viento (y con
él
las riquezas). El pecado consistía en cumplir las promesas. Es
lo
que la oligarquía boliviana (sobre todo la cruceña, la más
beneficiada, después de las transnacionales, del robo de
nuestras
riquezas, en el periodo neoliberal) no le perdona a Evo Morales.
Porque eso demuestra que las promesas sí pueden cumplirse.
Entonces
se destapa la mugre: el mentiroso se descubre en su mentira y el
asesino aparece como lo que es. Descubierto, trata de ocultarse,
siempre, en la mentira, por eso manda a sus esbirros a acabar
con la
verdad.
El error necesita de la verdad, por eso parte de ella. Pero la
mentira no puede convivir con la verdad: la mentira es la
negación
absoluta de la verdad. Por eso la lógica del asesino (cuando se
hace
con el poder) consiste en encubrir constantemente la verdad, por
eso
acude a la ley, porque esta santifica su proceder y le permite
hacer
lo que quiere. El esclavo nunca pudo acudir a la ley, porque la
ley
no lo protegía. Por eso produce revoluciones, para transformar
la
ley. Pero el asesino se ampara en la ley. Porque la ley lo
protege,
porque ha sido hecha por él. Por eso es idólatra de la ley:
tocarle
la ley es tocar a su ídolo. Por eso opta por la Matonomía
(autonomía), para que su costumbre siga siendo ley. La soberbia
proviene del idólatra: al poner la ley por sobre la vida de los
demás, se pone a sí mismo como dios. Por eso, aunque es minoría,
no
se somete; aunque la mayoría sean todos, sólo le interesa sus
deseos; él se vuelve juez de sí mismo, así pierde sentido de
realidad: si no reconoce autoridad alguna entonces no reconoce
culpa
alguna; para asegurar sus derechos es capaz de acabar con todos;
pero al hacerlo, acaba consigo mismo, porque acaba con la misma
sociedad que dice defender. Pero eso no le preocupa, porque su
afán
de poseerlo todo le nubla la posibilidad de estimar las
consecuencias de todo aquello. Por eso escupe altanería y
soberbia:
exige perdón el asesino, disculpas el agresor. Por eso los
prefectos
fascistas quieren ver al Evo de rodillas, porque cada palabra
del
indio les desenmascara. Por eso el asesino y el agresor se
amparan
en la mentira y, desde allí, persiguen la verdad para
asesinarla.
El conflicto proviene de su resistencia a cambiar, de su
resistencia
a reconocer la humanidad del Otro: yo soy si Tú eres; yo vivo si
Tú
vives. Pero el egoísmo del individualismo piensa todo lo
contrario;
concibe la vida de los demás como amenaza a su vida, por eso
busca a
sus iguales y forma con ellos comparsas y logias, enjaulando su
libertad con el dinero que posee. El dinero le hace libre y es
la
marca que tiene en la frente para reconocer a sus semejantes;
pero
ni entre sus semejantes se siente seguro, porque su afán
competitivo
(acaparador) le hace desconfiar de todos, menos de aquello ante
lo
cual es todo un devoto y muestra la piedad fetichista que, en el
fondo, sostiene su forma de vida: no confía en la humanidad,
confía
en el dinero. Si se pone él mismo como dios, no cree en Dios,
entonces, ¿cómo va a creer en el ser humano?; por eso prefiere
creer
en las cosas, en el dinero que compra las cosas que se le
antoja,
por eso es fetichista, porque pone a la cosa, el dinero, en
lugar de
Dios. Por eso su desprecio a la vida de los demás es coherente
con
la lógica que le mueve en su vida diaria: ganar no tiene límites
y
todos se convierten en un medio para que él gane siempre más,
por
eso no tiene conmiseración al explotar a los demás, sobre todo
si
son indios. Pero el fin que persigue no es ni siquiera él mismo
sino
la ganancia. Toda relación humana se convierte en relación
mercantil, de modo que todo se mide de acuerdo al beneficio
lucrativo; hasta la amistad, la paternidad o el amor se
convierten
en inversión de capital, de satisfacción y consumo; lo que es
peor,
todo este desbarajuste aparece como lo "racional en sí", porque
todo
acto "racional" ha sido, previamente, reducido a la eficiencia y
a
la utilidad. Si es eficiente matar gente para que viva este
individuo, entonces, es un acto "racional" que este individuo
persiga, patee, escupa y acabe con aquellos que se oponen a
su "libre" acción de hacer lo que le de la gana.
Pero el conflicto también aparece en el individuo que se define
socialmente como "clase media". Porque si este aspira a estar
entre
los grandes, él mismo se ofrece a defender a los grandes y
aplastar
a los de abajo. La sociedad que defiende este individuo se
desnuda
como lo que realmente es y, cuando opone resistencia a su
recomposición estructural, muestra su grado de dependencia: el
débil
siempre se apoya en el fuerte. La debilidad de la clase media
consiste en su dependencia; como aspira siempre a los
privilegios,
apuesta siempre a descargar en los pobres el precio de todos sus
antojos. Entonces, la estabilidad de una sociedad así, se
produce
sometiendo al pueblo, empobreciéndolo lo suficiente (que nunca
es
demasiado) para sostener los ingresos de poderosos y
subalternos:
oligarquía y clase media. Esto muestra el carácter conservador
de la
clase media, que es, en definitiva, el sostén legitimatorio de
la
oligarquía.
Se trata entonces de un conflicto cualitativo. La clase media se
incluye en el discurso de la oligarquía, porque persigue ella
misma
ser eso; y se apoya en el dogma que le proporciona estatuto de
superioridad: el racismo. De este modo se diferencia del resto y
sobre esta diferencia construye sus aspiraciones. Ella es la
reserva
de reclutamiento que posee la oligarquía a la hora de aparecer
el
conflicto (el precio para ser relevo de la clase dominante es
mantener el sistema intacto, y es la que, en nombre de
la "ley", "democracia" , "libertad", etc., garantiza, en
definitiva,
la conservación del sistema). Entonces la oposición se hace
evidente
y la mediocracia se las ingenia para encubrir la naturaleza del
conflicto; por eso opone sociedad contra gobierno, cuando se
trata,
en realidad, de la oligarquía contra el pueblo (y contra el
gobierno
del pueblo). La fabricación del oponente es fundamental (el
gobierno es indio y los indios son revanchistas) para que se
constituyan oligarquía y clase media en bloque. El oligarca se
apropia del demos de la democracia y se presenta a sí mismo como
pueblo, y reúne en torno a él a todos sus reclutados, para que
defiendan sus intereses que, previa manipulación mediática,
aparece
como el "interés general" (por eso no es raro que gente sin
propiedad alguna se preocupe por la supuesta y falsa
confiscación de
la propiedad privada, el absurdo que significa escuchar a un
empleado que hace suyas las cuitas del latifundista) . Entonces
acude
al imaginario de sus subalternos y les señala el enemigo: el
indio;
operación que enciende su racismo guardado y constituye un
esbirro
con sed de venganza. La condición colonial se actualiza: para
ser
como el blanco tenemos que eliminar al indio que tenemos dentro.
El
desprecio de saber lo que uno es, en el fondo, se escupe
entonces
contra el que recuerda aquel origen. El desprecio al presidente
indio que siente este individuo es desprecio a sí mismo, porque
este
presidente le recuerda, en definitiva, lo que es.
Si el racismo constituye el sedimento de esta subjetividad, el
afán
de riqueza constituye el núcleo de sus aspiraciones. Su odio a
los
pobres es, de ese modo, coherente con su lógica: es más rico
cuanto
más pobres haya; es decir, la riqueza es medible por la cantidad
de
pobreza que produce. Inequidad que, una vez racializada,
naturaliza
la pobreza, y el aspirante a rico puede dormir tranquilo: los
pobres
son lo que son porque son "inferiores" . En el fondo, es el
racismo
el que produce la naturalizació n de las desigualdades sociales
y
económicas, no sólo como el instrumento idóneo de clasificación
social sino como eje legitimador de relaciones de dominación.
Pero
la dominación moderno-colonial no es abstracta, su especificidad
es
económica, es decir, su dominación consiste en "privar" a los
demás
de los medios de subsistencia y, con ello, producir más miseria
para
generar más riqueza. Sólo produciendo miserables, el capital
puede
contar con trabajo cautivo para desarrollarse al infinito;
ilusión
que exagera irracionalmente el neoliberalismo, porque este sólo
sabe
(parafraseando a Marx) globalizar todo socavando las dos únicas
fuentes de riqueza: el trabajo humano y la naturaleza (por eso
condena a la miseria al 80% del planeta y anula, explotando
irracionalmente, la capacidad reproductiva de la naturaleza). De
ese
modo se desnuda esa lógica que dirige el afán de riqueza, lógica
del
asesino y del ladrón, que hurta para sí la potestad de las leyes
y,
de ese modo, santifica su forma de vida: ya no necesita robar.
Al
imponer su ley, lava su fortuna mal habida y lava su conciencia:
el
pecado se vuelve virtud y el mal se transforma en bien. La
inversión
trastorna todo: "Si el rico habla, todos le aplauden; aunque
diga
necedades le dan la razón. Pero si el pobre habla le insultan;
hablará con discreción y nadie le reconocerá. Habla el rico y
todos
callan. Pero habla el pobre y dicen: ¿quién es este? Y si se
propasa, todos se le echan encima" (Eclesiástico 13:26-29).
La grandeza consiste entonces en defender a los pobres, porque
no
hay quién los defienda; y frente a la ley, son sólo el
sacrificio
necesario que necesita esta para mostrarse magnánima y poderosa.
Se
trata de defender a las víctimas y hacerle frente a los
poderosos.
Es David contra Goliat. Es Espartaco contra el imperio romano.
Son
quinientos años que se acumulan en la soberbia de los poderosos.
El
conflicto se produce al destapar lo podrido que está una
sociedad
que se sostiene gracias al racismo, la discriminació n, la
injusticia, la desigualdad, la exclusión, etc. Una sociedad así,
sólo puede mirarse al espejo con los ojos cerrados (estética que
realizan los medios) y creer en lo que le hacen creer. Es una
sociedad que recurre a los calmantes (cosas que su dinero
adquiere
para tapar su hueca existencia) para olvidar su enfermedad
crónica,
que deposita en el maquillaje su afán de verse bien; por eso se
vuelve adicta, porque en su putrefacción le gusta vivir de
ilusiones
y no encarar su realidad. Por eso se resiste a asumir lo que, en
verdad, es; prefiere mentirse a renunciar a la forma de vida a
la
que le han acostumbrado, en la cual se ha de-formado. Por eso no
escucha, y sólo escupe odio cuando se le muestra que es su forma
de
vida la que le produce la enfermedad y el desequilibrio.
Necesita de
voluntad para cambiar, pero es ella misma la que se resiste; si
la
adicción puede más que la voluntad, entonces persigue su propia
muerte: creyendo ser libre y no someterse a nadie, acaba siendo
esclava de sus propias pasiones (las que, en definitiva, le
nublan
toda opción racional).
Es la sociedad criollo-mestiza boliviana (oligarquía y clase
media).
Amparada ahora por sus damas de honor: la embajada gringa y la
mediocracia, autóctona y foránea. Estas le dicen lo que ella
quiere
oír, por eso encuentra en sus faldas el lugar de sus
certidumbres
huecas, que sólo se amparan en la altanería y el desprecio al
indio.
Su desprecio por la nueva Constitución es desprecio por aquellos
que
la realizaron. Frente a este su "enemigo declarado" se aglutina
una
sociedad enferma y escupe a este sus improperios. Por eso señala
en
el Otro sus propios prejuicios: la sed de venganza le
corresponde a
ella, porque no tolera que el oprimido haya levantado la voz,
que el
pongo haya hecho una constitución, que el indio sea gobierno. Es
ella la que precisa educarse para emanciparse de sus taras y sus
prejuicios. La ignorancia no proviene de aquellos que fueron
privados de educación sino del sector que, supuestamente culto,
muestra la barbarie que produce su de-formación; porque una
superioridad afirmada sobre la discriminació n y la negación del
Otro
(en este caso el indio y el pobre), sólo puede ser expuesta por
la
fuerza y jamás por la razón (eso es lo que encubre su cultura
citadina).
Para la clase media, el conflicto es violencia que recae sobre
ella.
Es lo que le hacen creer y es lo que quiere creer. Por eso culpa
de
la violencia al Evo y quiere ver en el pasado el paraíso al que
quisiera volver; "antes vivíamos sin odios ni rencores" dice y,
al
hacerlo, justifica las dictaduras y el neoliberalismo (que
produjo
además su propia merma económica). Cree ser el sostén de la
economía
por los impuestos que paga; cuando ese mismo argumento debiera
servirle para enjuiciar a una oligarquía que siempre vivió
hipotecando al país con sus deudas, haciendo de ellas deuda
pública
(pagada también por la clase media). Pero ni siquiera es capaz
de
admitir que son los excluidos de la economía quienes, en
definitiva,
le sostienen; porque es la privación y el sometimiento de las
grandes mayorías lo que permite que exista un sector medio
articulado a la reproducción del capital privado; que su
educación
es posible por la marginación de otros a la educación; que los
lujos
que se brinda son privaciones y miseria en otros, porque una
economía desigual, sobre todo cuando es dependiente y
subdesarrollada, sólo puede calmar el apetito exigente de los
pocos
a costa de los muchos. Quiere vivir como se vive en el primer
mundo,
por eso trabaja para los poderosos, siendo parte funcional de
una
extracción inaudita de riqueza, que priva a todo un país de la
posibilidad de alimentar de un modo justo a todos sus hijos.
Cuanto
más asciende en la escala social, más aumentan sus deseos, y más
la
posibilidad de empobrecimiento de su propio país. Por eso
comienza a
ver en el exterior la medida de sus aspiraciones. Y toda la de-
formación que recibe, maniobra un desprecio elocuente por lo que
le
rodea: la pobreza, de la cual es cómplice.
Por eso resulta paradójico que, mientras el pueblo se
alfabetiza, la
clase media (Universidad pública y privada) salga a patear,
escupir
y matar (como en Cochabamba, Sucre y Santa Cruz). Esa es la
constatación empírica de su de-formación. Por eso la "culta
Charcas"
escupía como llama, mientras cantaba: "el que no salta es
llama", o
sea, indio. Por eso en Santa Cruz y Cochabamba los "defensores
de la
democracia", aprendían a jugar béisbol golpeando cabezas de
indios.
Y ahora, en Santa Cruz, hacen de su Matonomía (autonomía) la
medida
del bien y del mal. Ya ni la Biblia (a la que manipulan a su
antojo)
es recurso para discernir el bien del mal sino sus estatutos
matonómicos, para eso les basta su decálogo. Porque tienen
además a
la jerarquía eclesiástica (como es su costumbre) santificando,
en
nombre del crucificado, sus más entrañables principios. Actitud
que
mantiene la iglesia desde que es cristiandad. Necesita del
poder,
por eso hace un pacto diabólico. "Nadie puede servir a dos
amos",
pero la cristiandad apostó siempre por ello: predicó el reino de
los
cielos, pero justificó teológicamente el reino de este mundo.
Por
eso se instala en Roma y, desde allí, transforma una teología de
liberación en una teología de dominación. Esa teología, entre
otras
cosas, es el apoyo moral que reciben los príncipes de este mundo
para justificar todas sus acciones: opresión y dominación.
Entonces
la inversión se produce: predican el cielo pero producen el
infierno. Por eso no es raro que los matonomistas acudan incluso
a
la doctrina social de la iglesia: el sujeto es anterior al
Estado.
Porque este sujeto no es el ser humano sino el sujeto burgués, y
la
determinación fundamental de este sujeto es la propiedad
privada;
por eso la lectura correcta de la sentencia es: la propiedad
privada
es anterior al Estado. Pero con eso la iglesia no hace otra cosa
que
desmentir a la propia doctrina cristiana, porque hasta Santo
Tomas
la propiedad privada no era sino institución positiva, o sea,
histórica, o sea, humana. No divina. Es más, si la iglesia fuese
fiel con el libro sagrado tendría que condenar toda forma de
propiedad privada, pues hasta la comunidad apostólica se regía
por
la propiedad común de los bienes: "Perseveraban en oír la
enseñanza
de los apóstoles y en la unión, en la fracción del pan y en la
oración; y todos los que creían vivían unidos, teniendo todos
sus
bienes en común; pues vendían sus haciendas y posesiones y las
distribuían entre todos según la necesidad de cada uno", (Hechos
2:42-45). Forma de vida que realizaron (o sea, hicieron posible)
jesuitas y guaraníes en las Reducciones. Mientras los jesuitas
fueron los educadores de Europa, casi por dos siglos, propagaron
este ideal como la utopía de una sociedad acorde al espíritu
cristiano. El socialismo utópico tiene ese origen, de modo que
el
socialismo científico aparece como nieto de la forma de vida que
practicaban jesuitas y guaraníes en el Nuevo Mundo (cuando
expulsan
del Nuevo Mundo a los jesuitas en 1767, por presión de España y
Portugal, y acaban con las Reducciones, el obispo enviado por
Roma
critica esa forma de vida y asegura: "he oído de semejantes y
disparatadas ideas en algunos radicales"; a lo cual replicaba un
jesuita: "pero si era la forma de vida de los primeros
apóstoles").
Es la misma arenga que se escucha en nuestros cardenales o
monseñores. Por eso, para aplacar la violencia se dirigen al
gobierno, pero bendicen diariamente las agresiones que promueve
la
oligarquía cruceña (no en vano el alto mando eclesial boliviano
se
instala en Santa cruz). Se reproduce la situación chilena del
73.
Pues fue la jerarquía eclesiástica la que bendijo el golpe de
Estado; preparando además, todo ese año, la religiosidad de los
creyentes para que consintieran el golpe como una "obra de paz",
un
sacrificio que se le hacía a Dios para "restablecer el orden" y,
otra vez, "la democracia". Se trata de una iglesia que justifica
el
orden y congrega a su rebaño para defenderlo, o sea, llama a una
nueva "cruzada" (como hacía cierta iglesia en Sucre, que
arengaba
contra la Constituyente y ofrecía sus instalaciones como
trinchera
de lucha; pero en octubre de 2003 no permitió la instalación de
un
solo piquete de huelga contra la masacre neoliberal de Sánchez
de
Losada, porque aseguraban que la iglesia estaba al margen de la
política). Si la iglesia ha reconocido los valores de la
sociedad
burguesa como sus valores, entonces el cuestionamiento de estos
resulta, para ella, un cuestionamiento a su divinidad misma. Ha
secularizado a Dios, y su reino lo ha identificado con la
sociedad
burguesa; de modo que ha fetichizado el orden actual y se postra
ante este como ante un ídolo (hechura de manos de hombres,
que "tienen ojos y no ven, tienen oídos y no escuchan", por eso
nunca escuchan al pueblo, ni ven los sufrimientos que padece).
Por
eso predican el "desarme espiritual", porque eso significa dejar
las
cosas como está, que el poderoso siga explotando y sometiendo, y
que
esta sociedad siga viviendo en el autoengaño, creyendo hacer el
bien
cuando reproduce el mal, justificando un orden que le "priva" al
prójimo de lo elemental de la vida: trabajo, salud, educación,
cultura.
La especificidad de la propiedad privada consiste precisamente
en "privar" a los demás de propiedad. Si no hay regulación de
esta,
entonces se produce la muerte del prójimo ("me quitas la vida
cuando
me quitas los medios con los cuales vivo", Shakespeare dixit).
Cosa
que la iglesia no admite; porque al reconocer al sujeto anterior
al
Estado no está dispuesta a admitir al ser humano anterior a la
propiedad privada; de lo contrario, tendría que admitir un
sujeto
con necesidades, vulnerable, que justificaría un Estado que haga
suya la defensa de los pobres, frente a los ricos. Lo cual le
posibilitaría una nueva y más adecuada lectura del evangelio.
Pero
su pacto diabólico, con el reino de este mundo, le impide
revisar
sus dogmas, que pone por encima del mismo texto que considera
sagrado. En el día del juicio, dice el Mesías, el criterio de la
resurrección no será la cantidad de padrenuestros o avemarías
que
hayan hecho sino les dirá: "Apartaos de mi malditos. Porque tuve
hambre y no me disteis de comer; tuve sed y no me disteis de
beber;
fui peregrino y no me alojasteis; estuve desnudo y no me
vestisteis;
enfermo y en la cárcel y no me visitasteis. Entonces ellos
responderán diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento, o
sediento, o peregrino, o enfermo, o en prisión, y no te
socorrimos?
Él les contestará diciendo: en verdad os digo que cuando
dejasteis
de hacer eso con uno de mis hermanos menores, conmigo dejasteis
de
hacerlo" (Mateo 25:41-46). Los hermanos menores son siempre los
pobres, por eso las bienaventuranzas se dan a los
pobres: "Bienaventurados los pobres, porque vuestro es el reino
de
Dios", y a los ricos les dice: "¡Ay de vosotros, ricos, que
tenéis
vuestro consuelo! ¡Ay de vosotros que ahora reís, porque
lamentareis
y llorareis!" (Lucas 6:24-25). La palabra es obra de justicia, y
lo
que está describiendo el Mesías es que no hay crimen impune, que
el
robo del trabajo ajeno (lo que produce riqueza en unos pocos y
pobreza en los muchos) acaba por maldecir la vida misma de quien
provoca este desajuste. Si el Mesías es el camino, la verdad y
la
vida, entonces la iglesia debiera, como imperativo, deducir una
política y una economía acorde con ese espíritu. Pero una
iglesia
pactada con el poder produce totalmente lo contrario.
Justificando el orden vigente, ya no apuesta por el cielo que
proclama, por eso lo arroja más allá de la vida (lo vuelve
imposible
de realización); así ya no reivindica la vida del Mesías sino
sólo
su muerte: ya no importa cómo vivió sino cómo murió. Se
transforma
en una iglesia de la muerte y predica la muerte. Así fue la
cristiandad medieval. La actual ya no necesita recurrir a una
cultura apocalíptica de la muerte, porque el relativismo (que es
la
secularizació n del politeísmo griego y romano) y la moral
modernas,
le otorgan la apatía y la indolencia necesaria (que interpreta
como
paz espiritual) para lidiar con el infierno que ha ayudado a
crear.
Cada misa que realiza festeja, de este modo, la muerte del
prójimo;
porque el sacrificio ofrecido a su Dios no es otra cosa que lo
robado a los pobres, que es lo que el rico lleva a su iglesia, a
comulgar con los suyos; una fiesta donde se festeja la privación
de
los demás, la muerte del prójimo: "Mata al prójimo quien le
priva de
la subsistencia, y derrama sangre el que retiene el salario del
jornalero" (Eclesiástico 34:26-27).
Por eso Santiago no es nada complaciente: "Y vosotros los ricos,
llorad a gritos por las desventuras que os van a sobrevenir.
Vuestra
riqueza está podrida... El jornal de los obreros que han segado
vuestros campos, defraudado por vosotros clama, y los gritos de
los
segadores han llegado a los oídos del Señor... Habéis condenado
al
justo, le habéis dado muerte sin que él os resistiera" (Santiago
5:1-
6). Sin duda también Santiago sería llamado violento por la
jerarquía eclesiástica actual. Pero de allí viene la tradición
profética que, por acá, la continuó el padre Luís Espinal y fue
también el justo condenado que, por defender a los humildes, se
enfrentó al orden que hoy defiende la iglesia. Es el mundo que
aborrece a los profetas y que aborreció al Mesías: "Si el mundo
os
aborrece, sabed que me aborreció a mí primero que a vosotros"
(Juan
15:18). Ese mundo por aquel entonces era el imperio romano,
ahora es
el imperio gringo; adonde van a buscar refugio los asesinos,
como
Sánchez de Losada, o a recibir instrucciones quienes prefieren
ver
destruido su país que verlo libre, como los prefectos de la
media
luna. Es el reino de este mundo que tiene a sus ejércitos para
acabar con los insurrectos, tiene a las oligarquías nacionales
para
gestionar sus intereses, tiene a los grandes medios de
comunicación
para manipular a la opinión pública y aglutinarla en torno a sus
apetitos, y tiene a las iglesias para justificar teológicamente
su
orden. La acumulación de sangre humana en capital necesita una
absolución extraordinaria y esta la otorga una teología que
trasforma el mal en bien y el bien en mal.
Una teología de dominación justifica siempre la violencia de la
dominación; ya no dice "en el principio era la palabra", sino
"en el
principio era la paz", que no es más que guerra disfrazada. La
guerra suspende toda ética, la vuelve ridícula, de modo que la
razón
se convierte en razón de guerra, estratégica, racionalidad
instrumental, medio-fin, lógica costo-beneficio; la política
(secularizació n moderna de la teología medieval) se vuelve "la
guerra continuada por otros medios". La injusticia, la
desigualdad,
la opresión, etc., son guerras disfrazadas contra la propia
humanidad y también contra la naturaleza. Se trata de, como
expresa
el Salmo 73: "la paz de los impíos". Porque "no hay para ellos
tormentos; están sanos y rollizos". Porque los impíos "no tienen
parte en las humanas aflicciones y no son atribulados como los
otros
hombres", por eso son soberbios y la soberbia "los ciñe como
collar,
y los cubre la violencia como vestido... Motejan y haban
malignamente, y altaneramente declaran sus propósitos
perversos".
Así producen la violencia que le increpan al Otro: "Por eso el
pueblo se vuelve tras ellos".
Una teología de dominación tiene necesariamente que invertir
todo en
nombre del espíritu que proclama. Pero ese espíritu resulta ya
de la
inversión producida: ya no es el espíritu santo (el Ruaj
haKodesh)
sino el espíritu burgués, que es la contraseña que le permite a
la
iglesia entrar a ser parte del orden burgués, del reino de este
mundo. Donde el asesino inventa su propia ley (amparada en su
carácter ahora divino, santificada por la iglesia), de la cual
él
mismo es criterio legal; el asesino de cuello blanco cubre
entonces
sus desechos, como los gatos, mediante leyes. Es el paso del
simple
matonaje a la mafia organizada; si antes mataba él mismo, ahora
mata
sin mancharse las manos. Pero si su ley se pone en cuestión,
entonces regresa a lo que es. Por eso amenaza y persigue a las
víctimas, porque ellas le recuerdan su origen; le muestran la
mentira que sostiene su existencia. Ese descubrimiento le obliga
a
matar otra vez.
Y le obliga a regresar con los mismos actores. Mientras Bolivia
se
debatía en la guerra del pacífico, Gabriel René Moreno (el
intelectual cruceño al servicio de la oligarquía) y Aniceto Arce
(el
empresario sucrense beneficiado de la guerra contra su propio
país),
se paseaban en Santiago, en la capital del enemigo, por
invitación
del enemigo. Ahora, otros Morenos y Arces buscan afuera el apoyo
para acabar con lo que siempre han despreciado: el indio que hay
adentro. Ese es el fin que persigue su matonomía. No es de
extrañar
que el refugio de realistas y conservadores, Sucre, ahora sea el
caldo de cultivo del racismo de la oligarquía cruceña (racismo
cultivado, entre otros, por el "célebre patricio" camba Gabriel
René
Moreno). Desde allí se tejió el odio contra el indio de modo
específico. Porque el odio contra el indio apareció explicitado
como
el odio contra el aymara. No importó tanto la traición de Pando
en
la guerra federal, porque era una traición entre iguales. Lo que
no
soportó la sociedad sucrense (y criolla en general) fue el
levantamiento de Willka Zarate y su ejercito aymara. La
capacidad de
sobrevivencia y organización (pese a las paupérrimas e
indigentes
condiciones en que le condenó la república) de la nación aymara
despertó en la sociedad criolla, no un sentimiento de
admiración,
sino de odio especifico contra aquel que se había levantado
contra
sus patrones. Si era posible soportar la "nobleza" incaica o la
presencia "pintoresca" de los guaraníes (así los describe
Moreno),
porque su presencia era inofensiva para la cultura citadina, la
presencia aymara nunca la dejó descansar tranquila. Golpeada ya
la
seguridad criollo-mestiza por los cercos aymaras de 1780,
despertó
el miedo que obligó a la oligarquía a buscar siempre su
legitimidad
afuera, haciéndose dependiente de los intereses foráneos, sin
tener
nunca la capacidad de congregar a sus propios explotados, de los
cuales vivía, gracias al tributo obligado, y aun vive, porque
son
quienes le alimentan. Esta incapacidad, para no aparecer como lo
que
es, se fue cultivando como odio, en su de-formación cultural.
Por
eso no es raro que la insensatez y la demencia, que provoca el
odio,
aparezcan de modos elocuentes en Sucre, Cochabamba, Tarija,
Santa
Cruz, etc. Ello demuestra dónde está el verdadero atraso
cultural y
social.
Atraso que se manifiesta en el rechazo a ser gobernados por sus
considerados pongos, atraso que muestra la verdadera cara de la
democracia que defienden, democracia restringida para los
patrones y
sus caporales. Si la clase media muestra ahora su cara fascista,
es
porque manifiesta su conformación como espacio de disponibilidad
social que necesita la oligarquía para preservar su orden. Y
para
aglutinarla no necesita interpelarla racionalmente sino sólo
encender el sedimento irracional que la constituye en lo que es.
Por
eso la opinión pública se deja a merced del periodismo, que no
sabe
sino fragmentar la realidad en noticia y reducir lo que sucede
en
los estrechos y superficiales márgenes que le brinda su
concepción
instrumental de la comunicación. Un sector tan influenciado
mediáticamente no atiende a razones, por eso cree ingenuamente
en
los eslóganes propios del anticomunismo gringo: que ahora los
indios
se comerán a los niños, que expropiará el Estado todos los
bienes,
que los hijos serán propiedad del partido, etc. Se dice que el
gobierno no tiene la capacidad para ganarse a la clase media;
pero
esa afirmación es incompleta, porque no pregunta primero si la
clase
media está dispuesta a cambiar racionalmente; si no lo está,
entonces todo intento racional es inútil. Si la clase media
sostiene
sus certidumbres no en ideas sino en eslóganes, entonces ni
siquiera
el gobierno más sabio e ilustrado podrá algo con un sector tan
influenciado por la manipulación mediática. Pero a diferencia de
la
opción oligárquica, el pueblo siempre tendrá mayor perspectiva:
ante
la violencia amenazante siempre imaginará alternativas. El
arrinconamiento es propio del que no imagina soluciones, del que
propicia el enfrentamiento.
La apuesta de liberación del pueblo es interpelación para la
sociedad. Es sacarla de su autismo y mostrarle como lo que ella
es.
El proceso de totalización de una sociedad se da en su negativa
a
escuchar la palabra interpeladora del Otro. Palabra que la saca
de
su seguridad y le remueve sus certidumbres, porque es
enjuiciamiento
de su propia inconciencia: "Pertenece a los que tienen hambre el
pan
que guardas, a los desnudos el manto que conservas en los
cofres, al
descalzo los zapatos que se pudren en la despensa, al pobre el
dinero que atesoras. Cometes tanta injusticia como personas hay
a
quienes deberías ayudar" (San Basilio). Por eso los congregados
en
la sociedad citadina se niegan a escuchar y tratan, por todos
los
medios, de acallar esa voz, porque esa voz prende el
remordimiento y
le provoca mirarse al espejo como lo que realmente es. Por eso
prefiere el falso halago y la conmiseración (hay que hacerle
caricias al caballo para montarlo), la farándula, el "pan y
circo"
(así trata el poderoso a la plebe, que en eso se convierte una
sociedad que ve en la farándula su ideal de vida). Por eso la
pregunta no es si un gobierno tiene o no capacidad de ganarse a
la
clase media (que es básicamente el eje de identificació n de
toda la
sociedad citadina), o si la radicalidad del pueblo debería bajar
sus
tonos. La pregunta es si este sector es posible de ser
interpelado
racionalmente.
En la lógica usual de la política, ganarse a la clase media
significa ceder. Pero aquí ceder es ceder todo; porque sus
reivindicaciones son sólo disfraces que está usando la
oligarquía
para imponer sus intereses. Se puede decir que la clase media
fue
siempre la beneficiada inmediata de todas las luchas populares
(los
incrementos salariales, la estabilidad laboral, el rechazo a la
especulación y al alza de precios, sin contar la lucha por
democracia, los derechos humanos y sociales); porque la
estructura
económica es social y todo beneficio repercute en el conjunto,
es
decir, la lucha de los pobres siempre acaba beneficiando a todos
y,
primero, a quienes el goteo de la distribución de ingresos les
llega
primero. Por eso la recuperación de los recursos y la
nacionalizació n beneficia incluso a quienes se opusieron a ella
y
ahora consideran su dinero. Esa es la verdadera legitimidad que
justificaba la "guerra del agua" y la "guerra del gas", porque
en
Cochabamba o en El Alto se luchaba por todos, para beneficiar a
todos. Las reivindicaciones que ahora esgrime la clase media no
son
legítimas, porque estiman exclusivamente un beneficio particular
(que, en definitiva, va siempre contra el pueblo). El discurso
regionalista es atractivo pero mentiroso, porque es la
oligarquía
latifundista la que, de este modo, intenta justificar sus
intereses
como aspiración regional; mover la sede de los poderes es una
artimaña para modificar el eje de la hegemonía india al sur
conservador; la matonomía cívica ya evidenció que busca deshacer
el
país en pedazos sin relación alguna. Pero la clase media no ve
esto,
porque los medios no le muestran eso; pero sí le alimenta de
prejuicios y le inventa mentiras para empeorar su sordera. Al
apoyar
a la oligarquía afirma su dependencia ante ella y pacta sus
beneficios a costa, otra vez, del pueblo.
Revertir eso es una tarea de concientizació n, opción que los
medios
dificultan, pero que es el único modo de recuperar ese sector;
si
educación es emancipación, es porque es un proceso de liberación
de
los prejuicios y taras que una sociedad arrastra. Por eso la
liberación es un proceso, no se da en un santiamén, es algo que
se
construye, desde el pueblo hacia todos aquellos que puedan ser
congregados en torno a un horizonte de justicia y dignidad. Por
eso
la destrucción no es una opción que se plantee un proceso de
liberación. La destrucción la promueve el que está acostumbrado
a
destruir. Un gobierno que asume el conflicto (que no es el
poder,
por eso lidia con el legislativo, el poder judicial,
empresarios,
ganaderos, terratenientes, medios, etc., que le impedirán
efectuar
las transformaciones) necesita construir las mediaciones para
tener
un pueblo organizado, una política de alianzas firme y duradera
(para ir vaciando el bloque dominante de presencia real), de
políticas de comunicación y coordinación para hacerle frente,
sobre
todo, a la mediocracia y a los grupos de poder. El poder
originario
radica en el pueblo y un gobierno sólo puede hacerle frente a la
reacción fascista teniendo el apoyo del pueblo. Sin está
legitimación no hay poder real. La nueva Constitución puede ser
el
motor de la participación popular; para eso se requiere un
pueblo
educado y crítico, sobre todo ante la manipulación mediática que
hará, de hoy en adelante, todo lo posible para desprestigiar sus
contenidos. Es sabido que habrá sectores que apostarán por un
enfrentamiento (los prefectos y cívicos invocan al ejercito
porque
no cuentan con su pleno respaldo; a diferencia de Chile del 73,
esa
es una ventaja, como también el fracaso de la economía gringa y
su
pérdida hegemónica; pero eso no es garantía ante las demenciales
salidas que busca Bush y sus aliados a la crisis que han
generado);
pero la sabiduría consiste no en llegar al enfrentamiento, sino
en
ganar sin llegar a este (desarmando al opresor se le quita sus
únicas ventajas y, sin ellas, su soberbia se diluye); de modo
que
sea posible una comunidad de comunicación real, ya no un falso
diálogo entre sordos y mudos, víctimas y cínicos, sino entre
seres
humanos, en condiciones de igualdad, de reparación y justicia.
Perderá poder el opresor pero ganará en humanidad, perderá el
rico
en términos cuantitativos pero ganará cualitativamente, porque
la
explotación no puede ser ejemplo de vida. "Y Dios se hizo ser
humano" quiere decir: todo ser humano es sagrado y todo acto de
opresión es pecado. Si "la esclavitud de los hombres, es la gran
pena del mundo", como dice José Martí, es porque, si de pecado
hablamos, ese es el pecado estructural que cargamos.
La Paz, diciembre de 2007
Rafael Bautista S.
Autor de "OCTUBRE: EL LADO OSCURO DE LA LUNA" y
"LA MEMORIA OBSTINADA"
Editorial "Tercera Piel", La Paz, Bolivia
rafaelcorso@ yahoo.com
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DEBATE (los cambios étnicos de la
oligarquía) |
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EL PELLEJO OLIGÁRQUICO / LOS CIEN CLANES |
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14/01/2008 |
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Tito
Pedro Reynaga
A Don Eduardo:
ANTECEDENTES
Bolivia ha estado bajo dominio oligárquico desde
su fundación y a cargo de los herederos biológicos de los
españoles colonialistas. Éstos, se pusieron en el lugar de sus
padres a seguir saqueando el producto social generado por
indios, mestizos y negros. Lo han hecho adoptando toda clase de
poses ideológicas: liberales, conservadores, indigenistas,
nacionalistas, izquierdistas, derechistas, cristianos,
militaristas, ateos, marxistas, neoliberales, socialdemócratas,
indianistas, trotzkistas, stalinistas, pekineses,
revolucionarios, ecologistas, etc. etc. Nunca han descuidado la
moda política ni el ponerse delante de la ola ideológica más
glamorosa del momento. Eso sí, sin descuidar su dominio
oligárquico.
Sin embargo, en casi doscientos años de historia,
el dominio oligárquico ha sufrido cambios. Se han dado cambios
significativos en la calidad étnica de la oligarquía.
Especialmente a partir de la guerra internacional con el
Paraguay (1932 - 1935) y la revolución antifeudal de 1952--.
Empezaron los blancos –el criollaje español—, luego fueron los
mestizos de filiación blanca y hoy estamos en la fase a cargo de
mestizos e indios. El pellejo oligárquico ya no es el mismo.
Pero, el sistema sí. Y, según se ve, seguirá así.
LA ECONOMÍA
La actividad económica tradicional fue minera privada, de
haciendas feudales, agropecuaria de autoconsumo, artesanal y de
comercio minorista mayormente. Desde inicios del siglo XX fueron
irrumpiendo en el escenario empresas de tipo capitalista, que
prosperaron hasta la Revolución del 1952, muchas en manos de
inmigrantes europeos, aunque las principales estuvieron en manos
de Bolivianos (Patiño y Aramayo). La revolución de 1952, saco
del escenario a las haciendas feudales, devolviendo la tierra a
nuestra gente, indígena, eliminó a las grandes empresas privadas
mineras nacionalizando las minas de estaño, dio derechos
ciudadanos plenos a las masas indígenas y puso en manos del
estado el sector de economía moderna del país. Una economía
mayormente minera y monoproductora, mientras orillaba a la
empresa privada a la marginalidad y a condiciones poco
sostenibles por la gran carga de beneficios sociales decretados
para los trabajadores.
Y así, fracasó la empresa estatal y fracasó la empresa privada,
que fue encogiéndose mientras los inversionistas trasladaban sus
capitales al exterior. Para completar el cuadro, llegó muy poca
inversión extranjera –la Gulf Oil Cómpany fue nacionalizada
(1969) como lo había sido la Standard en 1935--. En cambio
creció una economía precapitalista mercantil que fue avanzando
desde las áreas urbanas hacia el área rural, involucrando cada
vez más a nuestra población indígena, especialmente a la aymara
y quechua. Hoy cerca del 68% de la población económicamente
activa del país está ocupada o subocupada en este sector
precapitalista informal, que suelen llamar también
“cuentapropista” --es decir, gente obrera que es patrona de sí
misma--. La burguesía pesa poco lo mismo que la clase obrera.
Gravitan mucho más los grupos oligárquicos –los que tienen por
negocio el usufructo del poder y los recursos estatales, hoy por
vía de la corrupción--, los campesinos –que son mayormente
indígenas— y los “cuentapropistas”. Los bolivianos vivimos lo
que se ha llamado un modelo de economía “nacionalista y
Revolucionaria”, fuertemente protagonizado por el estado.
Condición que no ha cambiado significativamente con los
distintos regímenes, manteniéndose así con derechistas,
izquierdistas, civiles, militares y hasta neoliberales.
Durante toda esta etapa, la economía del país ha sido víctima de
saqueo en manos de sus propios gobernantes, que vuelcan los
recursos mal obtenidos hacia el consumo suntuoso, la fuga de
capitales y en alguna medida a la actividad empresarial. Con la
Revolución de 1952, el país logra conectar, por vía caminera,
las zonas de los llanos del oriente con las zonas tradicionales,
lo que da lugar a un significativo proceso de desarrollo en los
llanos, mayormente agropecuario. Las tierras adquieren creciente
valor y son objeto de acaparamiento por y para beneficio de la
oligarquía, en el ejercicio del poder. Problema con fuerte
impacto económico, político y hasta cultural. Del que el texto
que comento da amplia cuenta, aunque no podría dar fe de su
veracidad.
LA POLÍTICA
La actividad política en Bolivia ha sido y está protagonizada
por los grupos oligárquicos –entre los cuales, desde hace 30
años atrás empiezan a pesar los de los llanos orientales—,
civiles y militares, mayormente de derecha pero también de
izquierda. Del 52 para adelante los obreros van perdiendo peso,
por el empequeñecimiento de la industria privada, mientras crece
la gravitación campesina e indígena, lo mismo que el influjo de
la clase media y la burocracia pública.
La Guerra Fría determina mucho del sentido de las luchas
políticas y sus resultados, con los EE. UU. en posición
preeminente, apoyando a gobernantes militares principalmente.
Aún así, las fracciones de izquierda llegan al poder, con sus
partidos más extremos (1970 - 1971, de 1982 a 1985 y ahora).
Aunque la presencia de la izquierda marxista ha tenido siempre
un lugar notable desde los años posteriores a la Guerra del
Chaco. Tanto por preeminencia ideológica como por sus cuadros
dirigentes insertados en los diversos gobiernos de la época,
incluidos los de derecha.
En los llanos del oriente boliviano la presencia indígena ha
sido pequeña, hasta la fuerte migración indígena desde las zonas
de occidente, en los últimos 25 años. Entonces, la población
criolla, en esta región, ha desarrollado un sentido de
diferenciación con el resto del país. Dando lugar, incluso, a
una corriente separatista desde ya hace varias décadas. La misma
que hoy se ve motivada, y fortalecida, por la política
socializante del régimen de Evo Morales.
ENCARANDO LOS PROBLEMAS DEL DOMINIO OLIGÁRQUICO
La información que nos traes parece aceptable. Y, da razón al
análisis que he expuesto. Más en cuanto a los grupos
oligárquicos que en cuanto a la presencia de las empresas
transnacionales, cuya gravitación ha sido y es mínima. No se del
peso de los EE.UU. en la actual política boliviana, pero me
llama la atención que el Departamento de Estado haya comentado
que ve bien el proyecto de constitución política del estado
aprobada por la gente del gobierno, dicen que la que ven
“democrática”. Y vuelvo a decir, oligarquía no es lo mismo que
burguesía, aquellos se enriquecen saqueando los recursos
públicos y estos de la explotación de sus industrias. Aunque con
seguridad no son pocos los que cabalgan en ambos espacios.
Con todo lo que he descrito debería quedar claro que el sistema
económico boliviano no es capitalista. Que esta condición tiene
más bien una condición marginal, como práctica y cultura. Las
leyes en Bolivia tienen una significativa condición marginal, la
realidad suele correr por otros rumbos, más tradicionales.
Los problemas del dominio oligárquico pueden muy bien ser
enfrentados en el marco de la Constitución Política del Estado
vigente (la de 1967, modificada substancialmente). En el marco
de la democracia. Las leyes actuales condenan el latifundio y el
acaparamiento de tierras, como el uso servil de la mano de obra
–que todavía existe en algunas zonas del oriente y el chaco
boliviano--. Existe un Instituto de Reforma Agraria, como
autoridad máxima sobre las tierras, que tiene en su directorio
representantes campesinos e indígenas, y al Presidente mismo.
Desde el 2002, el Parlamento tiene una fuerte presencia
indígena. Y, hoy un Presidente indígena.
Existe un poder constituido y respaldado por masas populares
organizadas. Un amplio poder, que no se está usando
suficientemente para reestablecer derechos y justicia, castigar
a los infractores de la ley, a los acaparadores de tierras a los
saqueadores del patrimonio nacional, a la corrupción en la
administración del estado, etc. –todos, oficios oligárquicos que
hoy se están haciendo populares--. Antes, y por el contrario,
esta capacidad política está siendo volcada a los afanes de la
“revolución socialista” –la del “socialismo del siglo XXI,
inspirado por gente como Heinz Dietterich y sostenido
financieramente por Chávez--. Ese es el problema del gobierno de
Evo Morales, y el que lo está llevando al desgaste y el fracaso.
Aquí la oposición no cuenta significativamente, confundida,
desordenada carente de líderes hoy sólo atina a defenderse dando
manotazos de ciego.
MÁS DE LO MISMO
Ni el dominio oligárquico, ni el saqueo del producto social y el
patrimonio del estado, ni la expoliación de la mano de obra, ni
el racismo compaginan con la democracia y nuestras leyes
actuales, como no concuerdan con una economía libre asentada en
la competencia. Y, por el contrario, éstos son problemas que si
pueden convivir y conviven –lo muestra nuestra experiencia de
más de medio siglo— con la economía estatizada y una democracia
distorsionada por la concentración del poder en un solo partido
y un único líder, que junta en su persona los tres poderes
republicanos (legislativo, judicial y ejecutivo).
Evo Morales está echando por el suelo una oportunidad excelente
para frenar a la oligarquía y encaminar al país hacia la
consolidación de la democracia y el desarrollo económico. Su
populismo no es distinto del que es habitual en Bolivia –Sanchez
de Lozada, el neoliberal, inició la última fase de políticas
populistas desde el gobierno, el Bono Dignidad para ancianos de
Morales, reemplaza el Bono Sol del otro--. Y, lo está haciendo
persiguiendo un absurdo, un proyecto de cambio insostenible y
reaccionario. Aunque de seguro, que en el camino, hasta que
llegue la hora del fracaso, los masistas estarán cumpliendo el
viejo rol del saqueo del producto social para su propio
provecho. Esto es, que se renovará la oligarquía, y se mantendrá
el viejo sistema heredado de la Colonia.
DIABLO PARA QUIÉN TRABAJAS
Pero esta vez, por la naturaleza totalitaria de las intenciones
del régimen y sus métodos de manipulación de las leyes, y la
maña y la arbitrariedad como recursos preferidos para imponerse,
combinadas con la violencia desatada por grupos de choque del
gobierno y la policía, y más aún, por la prédica gubernamental
del racismo contra los no indígenas, el proyecto político que
lidera Evo Morales está llevando agua al molino de la oligarquía
y los separatistas. Los que confundiéndose con las fuerzas
democráticas tienen ahora dominio sobre masas populares,
espantadas por la perspectiva de vivir bajo un régimen como el
de Cuba.
Así como el embajador norteamericano Rocha, resultó en la
práctica el mejor aliado de Evo Morales (el 2002), al advertirle
a la ciudadanía boliviana la inconveniencia de elegirlo –cosa
que públicamente agradeció Morales, no sin ironía--, esta vez el
favor va de Evo Morales para la vieja oligarquía, los
separatistas y el sistema. Al punto de que si logra permanecer
en el cargo como piensa, terminará por renovar el sistema con
nuevos contingente oligárquicos. Mientras que empujará a los del
llano a tener un nuevo país que asaltar.
Como ves, las cosas no encajan en la tradicional y esquemática
forma de ver de la vieja izquierda. Lo que no es razón para
desmerecer su credibilidad.
LOS CIEN CLANES OLIGÁRQUICOS
Los nombres, negocios, objetivos, armas y apoyos de los grupos
que conspiran para tirar abajo al "indio presidente"La rebelión
de los 100 clanes econoticiasbolivia. Dueños de vidas y
haciendas, cerca de 100 poderosos clanes familiares, que además
controlan la agroindustria, el comercio exterior, la banca y los
grandes medios de comunicación, dirigen desde el oriente y los
valles de Bolivia la rebelión oligárquica contra el presidente
indígena Evo Morales.
Los clanes familiares ya se han apoderado de las tierras más
fértiles de Bolivia y han levantando gigantescos latifundios,
sobre los que han edificado un creciente poder económico y
político, manejando a su antojo las principales organizaciones
empresariales, cívicas e
incluso populares de las regiones orientales y del sur del país
(Santa Cruz, Beni, Pando y Tarija), desde donde conspiran para
echar abajo al "indio presidente" e intentan armar su propio
Estado, con su Parlamento y Policía propia y con el control
absoluto sobre la
tierras, los impuestos, la educación y los impuestos (ver "La
oligarquía arma su propio Estado").
Según un informe del Programa de Naciones Unidas para el
Desarrollo (PNUD), conocido por Econoticiasbolivia, este
centenar de familias tiene en sus manos 25 millones de
hectáreas, cinco veces más que dos millones de campesinos que
trabajan en otras cinco millones de
hectáreas y que subsisten a duras penas en los minifundios,
degradados por la sobreexplotación agrícola y la baja
productividad.
LOS DUEÑOS DE SANTA CRUZ
Su poder es enorme, especialmente en Santa Cruz, la región más
próspera de Bolivia y donde se concentran las tierras más
fértiles, los bosques y enormes yacimientos de gas, petróleo,
minerales y biodiversidad. Allí, en el epicentro de la conjura
secesionista, que tiene fuertes rasgos de racismo en contra de
los altiplánicos y al amparo de bandas fascistas, los clanes
familiares controlan la tierra, los negocios urbanos y el poder
político (la prefectura y el
comité cívico responden a su mandato). Allí, según los datos del
Instituto Nacional de Reforma Agraria (INRA), tan sólo 15
acaudaladas familias disponen de medio millón de hectáreas de
tierras fértiles y cercanas a los mercados, que equivalen, en
superficie, a 25 veces el tamaño de toda la ciudad de Santa Cruz
de la Sierra, que es de 20 mil hectáreas y en las que
viven un millón de personas.
Allí están los clanes de los Saavedra Buno, Monasterio Nieme,
Justiniano Ruiz, Roig Pacheco, Rapp Martínez, Antelo Urdininea,
Keller Ramos, Candia Mejía, Castro Villazón, Ovando, Fracaro,
Sánchez Peña, Nielsen, Bauer y Elsner.
La familia Monasterios, por ejemplo, controla una superficie de
tierras tres veces mayor a la ciudad de Santa Cruz. Mucha de
esta tierra le fue entregada en calidad de dotación
(gratuitamente) por los gobiernos militares y neoliberales, en
un abierto tráfico de influencias, según la explicación del INRA
y del Viceministerio de Tierras.
Otros que acumulan las tierras son los Gutiérrez (96 mil
hectáreas), Paz Hurtado (76 mil), Gasser Bowles (72 mil). Los
datos oficiales remitidos a Econoticiasbolivia apuntan que tan
sólo los clanes de los Guiteras, Monasterios, Leigue, Yañez,
Majluf, Antelo, Asbún y Salas
Abularach se han apoderado de 3,1 millones de hectáreas en Santa
Cruz y Beni.
En promedio, en Bolivia, una familia de terratenientes detenta
un cuarto de millón de hectáreas (250 mil) de tierra fértil, en
tanto que una familia campesina apenas posee una hectárea con
poca capacidad productiva.
AMOS DE LA TIERRA Y DE LA VIDA
Entre estos grandes potentados también está el clan de los
Marinkovic, que poseen, sin papeles legales, más de 26 mil
hectáreas en la región oriental, seis mil hectáreas más que toda
la superficie de la capital cruceña. Según el director del INRA,
Cliver Rocha, la familia Marinkovic no posee los títulos de
propiedad sobre las tierras que reclama como si fueran suyas,
siendo ilegal su intención de alambrar 14 mil hectáreas del
pueblo de los guarayos.
El clan croata de los Marinkovic ha colocado a uno de ellos, a
Branco, a la cabeza del Comité Cívico de Santa Cruz, y es, junto
al prefecto (gobernador) Rubén Costas (otro racista millonario
ganadero y latifundista) , la cabeza visible del movimiento
secesionista y conspirador.
Todos estos clanes familiares se han apoderado de las zonas más
fértiles y son, literalmente, dueños de tierras, ríos, bosques,
haciendas y vidas en el oriente boliviano, a pesar de los
tímidos reparos de las autoridades gubernamentales. "Los ríos,
lagunas y caminos son servicios públicos, son del Estado, y por
tanto no son susceptibles de apropiación privada", dice Rocha, a
modo de reclamo.
EL EJE DE LA OLIGARQUÍA
El poder de los 100 clanes, que emerge desde la tierra, se ha
desarrollado en los últimos años con el creciente control y
dominio que ejercen en el conjunto de la agropecuaria
exportadora, la
industria, la explotación sin límite de la riqueza forestal, el
comercio exportador, la banca y los grandes medios de
comunicación.
Los Marinkovic, por ejemplo, junto al clan de los Cronembol y
dos transnacionales, una peruana y otra norteamericana,
controlan toda la industria del aceite de soya y girasol, uno de
los ejes del agropoder oriental. Poseen, además, casi la quinta
parte de las acciones del
Banco Económico, según los datos de la Superintendencia de
Pensiones, Valores y Seguros, además de otros lucrativos
negocios.
La ganadería cruceña está en manos de los Kuljis, Áñez y
Monasterios, tanto por la magnitud de sus hatos ganaderos como
por el control que ejercen sobre los mataderos, frigoríficos y
cadenas de supermercados. Todos ellos ligados a los gobiernos
neoliberales.
Los Kuljis son accionistas del Banco Económico, propietarios de
la papelera Empacar y de una gran curtiembre, dueños de la
cadena televisiva red Uno y de la Universidad cruceña Mateo
Kuljis. Los Monasterios son dueños de grandes frigoríficos,
accionistas mayores del Banco Ganadero y propietarios de la red
televisiva Unitel, desde donde dirigen el mayor ataque mediático
contra Morales. Los datos del INRA, muestran que la familia
Monasterio poseía en
Santa Cruz 78.340 hectáreas en el departamento, y en la capital
tenía otras 20.505 hectáreas.
Otros que tienen gran peso en la banca son los Saavedra Bruno,
que controlan casi la quinta parte de las acciones del Banco
Nacional de Bolivia, el más antiguo del país. Los informes de la
Superintendencia de Bancos confirman el enorme peso que tienen
los latifundistas en el paquete accionario de los bancos
nacionales y muestran, además, que usan estos mecanismos para
potenciar sus negocios y consolidar su poder. No extraña, por
ello, que más de la mitad de los créditos otorgados por toda la
banca hayan sido destinados a pequeños grupos empresariales de
Santa Cruz y menos de la mitad a los otros ocho departamentos
del país.
ENLAZADOS AL CAPITAL TRANSNACIONAL
Todos estos clanes están fuertemente penetrados por el capital
transnacional, no sólo por el origen de muchos de ellos que
provienen de descendientes de inmigrantes europeos (alemanes,
croatas y serbios), sino también por sus articulaciones con
empresas
extranjeras.
No es extraño, por ello, que un tercio de la producción y
exportación de soya y oleaginosas esté bajo el control de
empresarios brasileños, varios de los cuales alquilan y/o
compran tierras a los latifundistas nacionales. Otro tercio de
la producción y exportación de tierras está bajo el control de
empresarios argentinos y rusos y de pequeños productores
menonitas y japoneses.
DUEÑOS Y SEÑORES DEL BENI
Más al norte, en las ubérrimas llanuras del departamento del
Beni, la situación no es diferente. Allí es el reino de los
clanes de los Guiteras, Llapiz, Sattori, Bruckner, Quaino,
Dellien, Avila, Nacif, Antelo, Salek. Allí, 10 familias tienen
un poco más de medio millón de hectáreas (534 mil), que es, en
extensión, 500 veces más grande que toda la ciudad de Trinidad,
la capital beniana.
Allí, como en Santa Cruz y Pando, una vaca vale más que una
familia campesina. Allí, el poder político y económico se
reparte entre padres, hermanos e hijos. Unos son autoridades
regionales, otros diputados y concejales, otros son jefes
militares y dueños de
empresas.
Allí también imperan los Gasser, Elsner, Carruty y los Bauer
Elsner. Todos ellos, que provienen de familias europeas, son los
dueños de los principales negocios, accionistas de la banca y
manejan a su antojo los cargos públicos, la justicia, la prensa
y la administración pública. No es casual, por ello, que el
prefecto (gobernador) sea uno de ellos: Ernesto Suárez Sattori,
un ganadero latifundista y ex parlamentario de la fascista ADN
(Acción Democrática Nacionalista del ex dictador Hugo Banzer).
LOS AMOS DE PANDO
Más al norte, en Pando, es el reino de los Sonnenschein, Hecker,
Becerra Roca, Vaca Roca, Peñaranda, Barbery Paz, Claure,
Villavicencio Amuruz, que gobiernan de la misma forma que sus
pares de Santa Cruz y Beni. Estas ocho familias concentran cerca
de un millón de hectáreas de tierras fértiles, que equivalen a
dos mil veces la extensión de la capital Cobija, donde gobierna
con ellos otro millonario ganadero, el ultraderechista Leopoldo
Fernández.
El gobernador Fernández es uno de los amos y señores de Pando y
su influencia es tal que incluso el propio Morales le ofreció,
hace un año y medio, que sea candidato por su partido, el
Movimiento al Socialismo (MAS), para gobernar la rica región
fronteriza con Brasil. Fernández lo rechazó, él no quiere nada
con los indios.
CLANES RACISTAS
Estos clanes son visceralmente racistas y están convencidos de
que los campesinos, a los que explotan como en los tiempos del
feudalismo, valen menos que sus vacas, por lo que no conciben
que uno de ellos sea el actual presidente de Bolivia. Estos
grupos oligárquicos han estado, desde siempre, imbricados con el
poder político. Han cogobernado con las dictaduras militares y
han lucrado al máximo con los regímenes neoliberales
democráticos y saben, muy bien, conservar sus privilegios.
Por ello, tras estar arrinconados parcial y temporalmente desde
octubre del 2003, cuando una insurrección popular derrocara al
ex presidente Gonzalo Sánchez de Lozada, al que respaldaron
hasta último momento, los latifundistas comenzaron a recobrar el
poder político regional, mediante la abierta confrontación con
el titubeante y conciliador régimen indigenista de Morales, que
busca, en el fondo, que las rancias élites de oligarcas
compartan el poder con las emergentes élites indígenas (ver
García Linera: Las élites comparten el poder).
CON EL CONTROL DE LAS MASAS
Con gran perspicacia, la oligarquía se ha aprovechado en los dos
últimos años de los genuinos y legítimos deseos de la población
por mejorar sus condiciones de vida y ha levantado las banderas
de la autonomía y en contra del centralismo. Al pueblo le dicen
y le convencen de que ahora, con la autonomía, los recursos
económicos de la región ya no se irán lejos y servirán para dar
empleo, pan y progreso a todos los cruceños. Este discurso caló
hondo en la población civil y las organizaciones cívicas y
populares, dada la ambivalente posición de Morales sobre las
autonomías y el reciente recorte de recursos que hace a la
región (les resta anualmente casi 200 millones de dólares del
impuesto de hidrocarburos para pagar un bono para los más
ancianos. Hasta el 2007 este beneficio lo pagaba el Estado y la
petrolera estatal).
En este proceso, la oligarquía también ha exacerbado al máximo
el racismo y los sentimientos más bajos del regionalismo y de
menosprecio hacia los altiplánicos, que siempre han estado
latentes en las regiones del oriente y sur del país. No es
casual, por ello, que los clanes controlen y dirijan a las
masas, metan palo y amedrenten a los opositores con sus bandas
fascistas (ver: En Santa Cruz reina el fascismo) y aprovechen al
máximo los errores del presidente Morales, que poco o nada hace
para abrir una brecha entre los clanes y las masas empobrecidas
a las que explotan y utilizan en beneficio propio.
LA DEFECCIÓN DE
MORALES
Atrapado por su política conciliadora y de respeto a la
propiedad privada, Morales no apunta a quebrar el poder
económico de los latifundistas, no va a expropiar la tierra de
los latifundistas ni a redistribuirla entre los campesinos y
pequeños productores urbanos. Tampoco se orienta a quebrar la
extrema explotación de la fuerza de trabajo que hace el gran
capital. No quiere, por ejemplo, triplicar el salario mínimo a
1.800 bolivianos (el previsto para el 2008 es de apenas 577
bolivianos), tal como prometió en las elecciones del 2005 y con
el que podría dejar a la oligarquía sin respaldo obrero y de
gran parte de las clases medias. El gobierno tampoco ofrece
acciones concretas para apoyar a los trabajadores del oriente en
su lucha contra el capital (legislación laboral protectiva,
prohibición de despidos, control sobre los empresarios, control
de precios, etc).
En rigor, los dos años del gobierno de Morales no han
significado un cambio positivo para los más pobres del oriente.
Los pobres siguen igual o peor que antes, y Evo no les ofrece
nada tangible: ni tierra ni salarios, no pone freno a la
explotación laboral en el agro y menos en las ciudades y no
contribuye a quebrar la hegemonía política e ideológica que
tienen los clanes familiares sobre la población del oriente y
los valles de Bolivia.
CONTROL SOBRE LAS TIERRAS
Por ahora, los clanes usan el respaldo de las organizaciones
sociales, cívicas, empresariales e incluso sindicales para
defender sus privilegios y organizan a los más pobres para
enfrentar al gobierno indígena de Morales y su nueva propuesta
de Constitución Política del Estado.
Esta nueva norma, que debe ser sometida a un referéndum
nacional en el 2008 para tener validez jurídica, plantea la
posibilidad de restringir la propiedad individual de la tierra a
un máximo de 5 mil o 10 mil hectáreas (equivalentes a la cuarta
parte o la mitad de la extensión de la ciudad de Santa Cruz que
tiene 20 mil hectáreas).
Esta restricción lastima los intereses de los latifundistas y
los obligaría, en caso de aprobarse, a redistribuir sus
haciendas entre los miembros del clan familiar, tal como lo
hacen desde los últimos años (las propiedades se subdividen a
nombre de los hijos, hermanos, primos y otros familiares) para
burlar la ley y evitar la denuncia pública de acaparamiento.
FRENO A LA INDIADA
El propósito principal de la oligarquía es retomar el poder
político en la región y tomar el control total sobre la tierra,
además de frenar a Morales y a la indiada, que a pesar de la
promesas de Evo, quiere y pugna por eliminar a los latifundistas
para acceder por fin a la tierra y a las posibilidades de una
mejor vida para sus familias.Con tres millones y medio de
campesinos pobres sedientos de tierra y justicia, la posibilidad
de una radical reforma agraria está más latente que nunca. El
pasado 10 de septiembre del 2007, por ejemplo, la denominada
"Cumbre de organizaciones sociales de pueblos y naciones
indígenas originarias campesinas y organizaciones populares de
las ciudades", con masiva presencia de dirigentes del MAS,
aprobó una declaración que en su punto 9 establece la necesidad
urgente de "expropiación sin indemnización del latifundio y su
distribución inmediata entre productores y del campo y la ciudad
que estén dispuestos hacerla producir en beneficio de la
sociedad".
DOBLE PODER
Hasta ahora, la oligarquía ha logrado gran parte de sus
objetivos. Ejerce, en los hechos, el poder político y gobierna
cuatro de las nueve regiones de Bolivia (Santa Cruz, Beni, Pando
y Tarija, donde arrincona y persigue a palo a los disidentes),
avanza en su propósito de moderar al máximo la tímida propuesta
de Constitución de Morales e intenta legalizar, aunque sea
parcialmente, sus estatutos autonomistas. Este lunes, en el
inicio de un diálogo nacional con Morales ha logrado la doble
promesa presidencial para que el Estado devuelva parcialmente
los recursos a las regiones (200 millones de dólares) y para que
se articule la nueva Constitución con los reclamos de autonomía
regional.
Al interior de la oligarquía son visibles dos tendencias. Una,
encarnada en el prefecto Rubén Costas y los clanes vinculados a
los sectores productivos de la agroindustria, el comercio y la
banca, que creen que deben seguir presionando a Morales para
lograr un "gran acuerdo nacional" que preserve la vigencia de
dos gobiernos en Bolivia, el de ellos en el oriente y el sur y
el de Morales en el altiplano (ver En Bolivia hay dos
gobiernos). La otra tendencia, representada por los clanes que
mantienen para el engorde y la especulación inmensos latifundios
improductivos y que tienen tierras sin sanear, y en la que se
inscriben los Marinkovic, con fuerte peso en el Comité Cívico de
Santa Cruz, son partidarios de avanzar con más fuerza hacia una
autonomía más radical y con mayor confrontación con el poder
central. Unos quieren consolidar lo que hoy ya han conquistado,
los otros pretenden aún más.
EL ROL DE LA EMBAJADA
Unos como otros aguardan, sin embargo, los resultados del
diálogo que los prefectos iniciaron con Morales y esperan nuevas
señales de las diplomacias de Brasil, Argentina y Estados
Unidos, que son vitales para ver hasta dónde avanzan en sus
propósitos de construir su propio Estado al interior de Bolivia.
Según ha denunciado el gobierno, la Embajada de Estados Unidos
es la que promueve y financia los intentos separatistas de la
oligarquía. Las estrechas relaciones del embajador
estadounidense Philip Goldberg con Costas y Marinkovic, y el
financiamiento de la agencia norteamericana de cooperación Usaid
a los políticos derechistas de oposición son prueba de ello y
marcan la evolución de la política de Washington con relación al
presidente Morales.
Hasta el 2002, el dirigente cocalero Evo Morales era
considerado como el enemigo número uno de Washington. En ese
entonces, el embajador Manuel Rocha amenazaba abiertamente a los
bolivianos con suspender la ayuda económica y cortar relaciones
diplomáticas si éstos se animaban a votar por Evo, al que
consideraban ligado al narcotráfico. Sin embargo, en el periodo
2003 – 2005, cuando el levantisco pueblo boliviano derribó a dos
gobiernos neoliberales (Gonzalo Sánchez de Lozada y Carlos Mesa)
y amenazó con expulsar a las transnacionales petroleras y
mineras que saqueaban Bolivia, nacionalizando el gas, las minas
y las tierras, Washington revalorizó el papel de Morales y
decidió, aunque de mala gana, convivir con él, más aún cuando
éste ganó las elecciones de fines del 2005 con el 54 por ciento
de los votos. Ya en el poder, Morales atemperó los ánimos
populares sobre la expulsión de las transnacionales y logró
nuevos acuerdos con las petroleras, legalizando sus contratos y
garantizando sus propiedades, sus inversiones y ganancias.
Otorgó también amplias garantías para la propiedad y la
inversión privada que cumplan con las normas y leyes.
Todo ello agrada a Washington, aunque no es suficiente para
anular el creciente apoyo estadounidense a la causa de la
oposición oligárquica. El alineamiento de Morales con los
regímenes de Cuba y Venezuela, su tolerancia al cultivo limitado
de coca, su permanente y estridente retórica antiimperialista y
la amenaza de que los sectores radicales de indígenas y
trabajadores desborden al presidente indígena (Ver: Mineros en
pie de combate) hacen que la Embajada no confíe en Evo y busque,
por el contrario, limitar su poder al altiplano, tal como
actualmente ocurre.
La administración Bush fogonea contra Morales y ha enviado a su
mayor experto en el separatismo como Philip Goldberg, que ya
trabajó entre 1994 y 1996 como asistente especial del embajador
Richard Holbrooke, uno de los estrategas de la desintegració n
de Yugoslavia y de la caída en 2000 del presidente Slobodan
Milosevic. Goldberg promovió la separación de Serbia y
Montenegro y también estuvo en Kosovo, generando conflictos
entre serbios y albaneses. Ahora está en los andes bolivianos,
alentando la rebelión de los 100 clanes.
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